Hace tiempo, conocí a un gilipollas. Vaya novedad, me diréis, todos conocéis no a uno sino a varios gilipollas. Como dijo un gran filósofo contemporáneo: “Tanto gilipollas y tan pocas balas”. Pero este gilipollas fue especial para mí, a este gilipollas me senté a observarle, como se estudia a los monos detrás de un cristal; a este gilipollas intenté entenderle, quizá porque nunca había pasado tanto tiempo con alguien así. Por eso, él siempre será mi Gilipollas.
Se ganó el apodo a pulso porque cada vez que alguien me preguntaba cómo era, yo pensaba: “Es un gilipollas”, aunque luego no lo decía, porque no es modo de hablar de alguien. Y, sin embargo, era la forma más exacta de definirle, con todos sus matices. Terminé olvidando su nombre incluso, se quedó con El Gilipollas, porque le iba a la medida.
El Gilipollas lo pasó mal en un momento de su vida, seguramente durante mucho tiempo, y en vez de superarlo, como suelen verse obligado todo el mundo, él se volvió un gilipollas. No fue una época, no fue una fase, se convirtió en su modo de vida. Se hizo fuerte en su gilipollez y la usó de escudo a partir de se momento.





